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La ética y la ley de Dios como base apologética

Apologética Presuposicional··11 min de lectura
Portada del artículo: La ética y la ley de Dios como base apologética

Cada vez que el incrédulo condena el mal, apela a una ley moral que presupone a Dios. Cada vez que habla de justicia, asume una norma objetiva que no puede existir sin un Legislador divino. La ética no es un terreno neutral donde creyente e incrédulo pueden encontrarse. Es un campo de batalla donde la cosmovisión cristiana demuestra su superioridad y el naturalismo revela su bancarrota moral.

El dilema de Eutifrón y su falsa dicotomía

En el diálogo de Platón "Eutifrón", Sócrates plantea una pregunta que ha resonado durante más de dos mil años: "¿Es lo bueno bueno porque Dios lo manda, o Dios lo manda porque es bueno?" Esta pregunta parece devastadora para la ética teísta. Si lo bueno es bueno porque Dios lo manda, entonces la moralidad es arbitraria. Si Dios lo manda porque es bueno, entonces la bondad existe independientemente de Dios.

Pero este dilema es una falsa dicotomía, y la apologética presuposicional lo demuestra. La pregunta asume que Dios y la bondad son realidades separadas. Pero, según la cosmovisión cristiana, la bondad no es algo que exista por encima de Dios ni algo que Dios invente arbitrariamente. La bondad es la naturaleza misma de Dios. Dios no manda lo bueno porque sea bueno en algún sentido abstracto. Dios manda lo bueno porque Su propio carácter es el estándar de bondad.

Greg Bahnsen desarrolló este punto en su tesis doctoral y en su obra "By What Standard?". Argumentó que el dilema de Eutifrón solo es un problema si asumes que Dios y la moralidad son entidades separadas. Pero la cosmovisión cristiana no asume eso. La cosmovisión cristiana identifica la bondad con la naturaleza de Dios. Por lo tanto, la moralidad no es arbitraria (porque está arraigada en el carácter inmutable de Dios) ni independiente de Dios (porque es Su propio carácter).

Bahnsen escribió: "El dilema de Eutifrón solo funciona si aceptas una dicotomía entre Dios y la bondad. Pero esa dicotomía es falsa. La bondad no es algo que Dios 'observe' y luego 'obedezca'. La bondad es lo que Dios es. Por lo tanto, la moralidad es tanto objetiva (porque está arraigada en la naturaleza divina) como no arbitraria (porque no es un decreto caprichoso)".

La ley moral como testimonio inescapable

El apóstol Pablo, en Romanos 2:14-15, afirma algo extraordinario: los gentiles que no tienen la ley "hacen por naturaleza las cosas de la ley". No porque sean moralmente neutrales. Sino porque "la obra de la ley está escrita en sus corazones". La conciencia les acusa o les defiende.

Esto significa que el conocimiento moral no es algo que el incrédulo necesite descubrir desde fuera. Ya lo tiene dentro. No es un conocimiento salvífico, pero es un conocimiento real de la ley moral de Dios. Y ese conocimiento lo hace inexcusable.

Cornelius Van Til enfatizó este punto en su crítica a la apologética evidencialista. Argumentó que el apologeta no debe tratar de convencer al incrédulo de que existe la moralidad. El incrédulo ya sabe que existe la moralidad. Cada vez que condena el mal, cada vez que habla de justicia, cada vez que se indigna ante la crueldad, está apelando a una ley moral que presupone a Dios.

Van Til escribió: "El incrédulo no es un ignorante de la ley moral. Es un supresor de la ley moral. Sabe que existe una norma objetiva de bien y mal, pero vive como si no existiera. La tarea del apologeta no es convencerlo de que la moralidad existe. Es exponer su supresión".

El fracaso de la ética secular

Cada sistema ético secular fracasa al intentar fundamentar la moralidad objetiva. El utilitarismo dice que lo bueno es lo que maximiza la felicidad. Pero, ¿por qué debería la felicidad ser el bien último? ¿En qué se basa esa afirmación? El imperativo categórico de Kant dice que debes actuar según máximas que puedas universalizar. Pero, ¿por qué debería la universalización ser el criterio? ¿De dónde viene la autoridad de esa norma?

El evolucionismo ético dice que la moralidad es un producto de la selección natural. Los comportamientos cooperativos fueron seleccionados porque aumentaban la supervivencia del grupo. Pero eso no explica por qué esos comportamientos son objetivamente buenos. Solo explica por qué los practicamos. La evolución puede explicar por qué tenemos sentimientos morales. No puede explicar por qué esos sentimientos se corresponden con una realidad moral objetiva.

J.L. Mackie, en "Ethics: Inventing Right and Wrong" (1977), argumentó honestamente que no existen valores objetivos. Si el naturalismo es verdadero, entonces la moralidad es una invención humana. No hay "bien" o "mal" en sentido objetivo. Solo hay preferencias. Mackie fue consistente con sus presuposiciones naturalistas. Pero el incrédulo común no es tan consistente. El incrédulo común sigue hablando de "bien" y "mal" como si fueran realidades objetivas, incluso cuando su cosmovisión no puede dar cuenta de ellas.

La teonomía como fundamento ético

La teonomía —la idea de que la ley de Dios es la norma para toda la vida— no es solo una posición teológica. Es una necesidad epistemológica. Sin la ley de Dios, no hay fundamento para la moralidad objetiva. Con la ley de Dios, la moralidad es real, vinculante y universal.

Greg Bahnsen desarrolló la teonomía en su obra "By What Standard?" y en "Theonomy in Christian Ethics". Argumentó que la ley de Dios, revelada en las Escrituras, es la norma objetiva para la ética. No es una norma arbitraria. Es la expresión del carácter santo de Dios. Y no es una norma relativa. Es universalmente vinculante para todos los seres humanos, porque todos fueron creados a imagen de Dios.

Bahnsen escribió: "La ley de Dios no es una imposición arbitraria sobre la humanidad. Es la expresión de la naturaleza moral de Dios aplicada a criaturas hechas a Su imagen. Por lo tanto, la ley de Dios no es alienante. Es la norma para la cual fuimos diseñados. Vivir de acuerdo con la ley de Dios no es restricción. Es libertad. Es vivir conforme a nuestro diseño".

La aplicación apologética

En la práctica apologética, la ética es un terreno donde el incrédulo se expone constantemente. Cada vez que el ateo condena la injusticia, está apelando a una ley moral que presupone a Dios. Cada vez que el relativista dice "eso está mal", está contradiciendo su propia teoría. Cada vez que el naturalista habla de derechos humanos, está tomando prestado del capital intelectual cristiano.

Greg Bahnsen usaba esto magistralmente en sus debates. Cuando el oponente mencionaba el mal en el mundo como una objeción al teísmo, Bahnsen respondía: "Tu objeción presupone que existe el mal objetivo. Pero, ¿en qué fundamento se basa esa presuposición dentro de tu cosmovisión? Si no hay Dios, el mal no es objetivo. Es simplemente tu preferencia personal. Así que tu objeción al teísmo presupone exactamente lo que tu cosmovisión niega".

Este es el método trascendental aplicado a la ética. No se trata de probar que la moralidad existe. Se trata de mostrar que la moralidad solo tiene sentido dentro de la cosmovisión cristiana. Sin Dios, no hay fundamento para el bien y el mal objetivo. Con Dios, la moralidad es real, vinculante y universal.

Conclusión

La ética y la ley de Dios no son solo temas teológicos abstractos. Son la base de una apologética efectiva. Porque cada vez que el incrédulo habla de bien y mal, está apelando a una realidad que su propia cosmovisión no puede fundamentar. Cada vez que condena el mal, está tomando prestado del capital intelectual cristiano. Cada vez que habla de justicia, está presuponiendo un Legislador divino.

La tarea del apologeta no es convencer al incrédulo de que existe la moralidad. El incrédulo ya sabe que existe. La tarea es exponer la incoherencia de su posición. Mostrar que su cosmovisión no puede dar cuenta de la realidad moral que ya reconoce. Y mostrar que solo la cosmovisión cristiana puede fundamentar la moralidad objetiva que el incrédulo ya presupone.

Como dijo Bahnsen: "El incrédulo no puede vivir consistentemente con su propia cosmovisión. Cada vez que condena el mal, cada vez que habla de justicia, cada vez que se indigna ante la crueldad, está viviendo del capital intelectual cristiano. Tu tarea como apologeta es exponer esa inconsistencia y mostrarle que solo en Cristo encuentra fundamento para lo que ya sabe que es verdad".

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